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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 

El Universal

Sábado 24 de mayo de 1997

Raúl Gómez Jattin

Jaime Díaz Quintero

Creo que fue en el Festival Nacional de Teatro Universitario de 1968. Veíamos la obra del dramaturgo alemán Tankret Dorts "Imprecaciones frente a los muros de la ciudad", y todos quedarnos impresionados con la fuerza dramática del actor que pronunciaba el discurso difamatorio ante las murallas: ese actor era Raúl Gómez Jattin, a la sazón estudiante de derecho de la Universidad Externado de Colombia. Él y Tania Mendoza, quien hoy vive en Angola, formaban una de las parejas escénicas más hermosas del momento, como miembros del grupo teatral del Externado, uno de los mejores de la época dorada del teatro universitario, que dirigía Carlos José Reyes.

Después degustaríamos su arte de la actuación en la clásica obra del dramaturgo cubano Manet, 'Las Monjas".

Expreso lo anterior porque a pesar de que una muerte es una muerte, en cualquier edad que se aparezca, la muerte repentina de un amigo siempre nos estremece y casi que automáticamente uno empieza a rememorarlo desde el principio.

Después de su experiencia teatral Raúl Gómez Jattin se deslizó definitivamente por los vericuetos de la lírica aunque nunca perdió su condición de teatrista. Siempre tenía en mente un gran proyecto escénico aunque no se realizara. Su adicción al arte de Shakespeare, le ayudó a convertirse en el poeta más expresivo de Colombia cuando leía sus poemas, gracias a su voz educada en el teatro y a su interpretación y dramatismo.

Dos libros lo llevaron al pináculo de los grandes de la poesía: 'Retratos" e 'Hijos del Tiempo". El primero es un reflejo de su existencia que no podía separarse de su poesía, y los poemas del segundo "poemas de la vida, del amor y de la muerte" según él mismo, son como una pesadilla agradable.

Pero lo más importante es que se hizo a un estilo exclusivamente suyo, y que fue y seguirá siendo por mucho rato, uno de los poetas contemporáneos más populares del país.

Pero no sólo fue poeta de libros y de versos, sino que fue un poeta y nada más que poeta, vivió y obró conforme a poeta, y hasta su esquizofrenia fue creativa y lo forjó más poeta aún, así como le ocurrió a Edgar Allan Poe con su permanente delirium tremens, y a los poetas malditos a los que tanto amó Raúl Gómez: Charles Baudelaire, quien como Raúl gozó de un refinamiento exacerbado y de una ansiedad que carecía de límites en la que expone su corazón desnudo, y Paul Verlaine, el "pobre Lehan" que en el hospital de caridad lloraba sinceramente sus extravíos, hablaba de cosas inefables y se entregaba a la confección de sus versos. Y Raúl, a todos asombraba porque después de cada crisis siquiátrica, nos revelaba un nuevo poemario.

La obra de Raúl exhala un gran sentido estético y gran conocimiento del hombre. Fue, además, poseedor de una cultura extraordinaria. Conocía a los clásicos griegos como a sus propios hermanos, y toda las intimidades literarias de Artur Rimbaud, clave en su poética, de Constantino Kavafis, de Jorge Luis Borges, de Fernando Pessoa, el teatro pánico de Antonin Artaud y de tantos otros.

Y también conocimos al Raúl de gustos y maneras principescas, a pesar de que en sus ratos de locura era extremadamente irreverente ante la vida, lo que hizo pensar a muchos en esta ciudad que más que poeta maldito era un maldito poeta, en esta Cartagena que tanto quiso hasta el punto de que rescató su ciudadanía cartagenera y dejó bien en claro que fue nacido en esta ciudad.

 
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