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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 
Imperio Zenú
Historia de Montería
Jaime Exbrayat Boncompain
1a. Ed. 1971 - 2a. Ed. 1994 Alcaldía de Montería - 3a. Ed. 1996 Domus Libri

LOS SEÑORES DEL VALLE - ORFEBRES Y ALFAREROS - ALGUNOS INTERROGANTES
Portada del libro Historia de Montería de Jaime Exbrayat Boncompain
LOS SEÑORES DEL VALLE

La "Geografía Económica de Colombia" en el volumen destinado al Departamento de Bolívar, editado por la Contraloría General de la República, bajo la experta dirección del doctor Alfonso Romero Aguirre, fija en ocho millones el número de indígenas que vivían en el citado departamento al iniciarse la Conquista, exageración evidente ya qyue ese número era cuando más igual a la actual población de Bolívar y Córdoba, la cual si supera el millón.

Con todo, es preciso confesar que la obra de los españoles fue de aniquilamiento de la raza autóctona lo mismo en el Sinú que en otras muchas partes y que sólo lograron escapar a la fueria destructora los indios que aceptaron la esclavitud y aquellos que lograron refugiarse en los parajes abruptos y por entonces inaccesibles a la penetración de los conquistadores, donde las enfermedades, las privaciones y la falta de higiene acabaron por diezmarlos trayendo con el tiempo su lento seguro exterminio.

Las distintas agrupaciones indígenas que poblaron entonces el litoral atlántico de nuestra patria pueden clasificarse en dos núcleos raciales: el de los Caribes, procedentes de las Antillas y el de los Zenúes, que ocupaban las regiones del Sinú y del San Jorge así como parte del Valle del Cauca.

El antiguo zenú abarcaba tres regiones específicas, a saber: el Finzenú, donde se hallaban incluidos Tolú, San Benito Abad, Ayapel y casi todo el Alto Sinú; el Panzenú, que se extendía más al este entre el San Jorge y el Cauca; el Zenúfana, que se prolongaba por el sur hasta el corazón de Antioquia.

Hablaban los Zenúes el Guajiba o Gaumacó, idioma que no fue estudiado seriamente en ninguna época y que puede considerarse como defitivamente desaparecido pues resulta imposible determinar si el actual dialecto de los chocóes tiene alguna semejanza o parentesco con eses lenguaje hablado por los primitivos pobladores y señores de este Valle de Sol. El actual dialecto de los chocóes ha sido estudiado por el sabio etnológo francés Paúl Rivet, que ha publicado varios trabajos al respecto.(1)

Todos los caracteres etnológicos de los zenúes, lo propio de su adelanto cultural, aparexcen en las obras de sus artífices, alfareros y orfebres; los separan radicalmente del núcleo de los Caribes emparentándolos con los Chibchas en general y en particular con los Quimbayas pobladores del Quindío que llevaron las artes plásticas a su apógeo, en lo que se refiere a la época precolombina.

Algunos escritores caldenses han recogido la tradición que atribuye a los Quimbayas un orígen nétamente zenú. Según afirman ellos, fuertes núcleos de indios procedentes del Valle del Sinú se establecieron en las márgenes del río Otún, extendiendo luego sus dominios desde el Zacrumbi o Chinchiná hasta los ríos Cauca y la Vieja, fundando allí la agrupación humana precolombina que más se distinguió por su cultura artística en lo que atañe a la orfebrería, a la cerámica y a la alfarería.

Como todos sus hermanos de raza chibcha eran los zenúes laboriosos y pacíficos, pero extremadamente celosos de su libertad, pesto que preferían la pérdida de los bienes materiales aún la muerte a cualquier forma de esclavitud. Inhabilitados para luchar contra un enemigo superiormente armado, sucumbían estoicamente o huían a las montañas que protegían su impotencia. Poseían el coraje de esas madres indias que estrangulaban a sus hijos antes de verñps en poder del invasor; el singular heroísmo del cacique Paría que prefirió morir abrasado en la hoguera de su reducto fortificado antes que rendirse al enemigo aborrecido o la trágica determinación de nueve mil indios que se mataron por no someterse a trabajos forzosos, ahorcándose algunos y tomando yerbas venenosas otros, en las inmediaciones del pueblo de Victoria, fundado por don Alonso de Salinas.

Según el doctor Gabirel Porras Troconis, los indios chocóes que subsisten aún en las cabeceras de los ríos Verde, Esmeraldas, Charudosa y Naín, son descendientes de los Cuevas y éstos una derivación de los Citaraes pertenencientes todos ellos a la gran familia de los Chibchas. Con todo, el tipo actual presenta tales caracteres de deformación física, de abandono, desgreño, yaún de bestialidad, que constituye, a no dudarlo, una degeneración fisiológica de esa raza zenú -enantes fuertes-, inteligente y laboriosa, en concepto de los mismos españoles.

Unos doscientos de esos chocóes diseminados en el ángulo meridional del Valle del Sinú, son los únicos y menguados representantes de esa raza que tiende a desaparecer. Agrupados en familias, viven en tambos distantes muchas veces los unos de los otros, bajo la autoridad de sus propios jefes entregados al cultivo de diminutas parcelas, a la cría de ciertos animnales como el cerdo, a la pesca y a la caza para lo cual empelan todavía el chuzo, la bodoquera y las flechas envenedadas. Muchos han recibido el bautismo y no pocos balbucean castellano. Son pacíficos por lo común y mantienen relaciones de escaso volumemn con algunos pueblos del Sinú y de Antioquia.

Han olvidado en parte las tradiciones y costumbre ancestrales, pero conservan ciertos secretos que sus antepasados lograron arrancar de la naturalez. Así, por ejemplo, hacen desaparecer la menstruación de la mujer administrándole en la época de pubertad, baños y zahumerios preparados con plantas aromáticas y medicinales que surte efectos radicales y definitivos. El médico o curaca hereditario de la tribu, conoce las virtudes curativas de muchas plantas así como su aplicación práctica a las enfermedades comunes entre los indios. Pero no es cierto que los chocóes conserven en toda su pureza el lenguaje, los hábtios, las creencias y la independencia que caracterizaron a las viejas tribus indígenas de las cuales proceden, como lo afirma la obra ya mencionada.

En materia de creencias sobre todo he procurado indagar a varios chocóes y sólo he podido scar en claro lo siguiente: Por los común admiten la existencia de un Ser Supremo y creen en un más allá más o menos materializado, pero carecen totalmente de culto externo por haber renegado de los viejos ídolos y fectiches, sin apropiarse suficientemento las doctrinas y prácticas de una fe cristian que podría informar su nueva vida religiosa.

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ORFEBRES Y ALFAREROS

La región del Sinú no ha tenido, como la de San Agustín en el Huila, la buena fortuna de atraer las investigaciones de sabios arqueólogos como el alemán Preuss o el estadounidense Waldeg. Sus monumentos prehistóricos no han sido estudiados a la luz de las ciencias modernas y por eso parmanecen todavía en el misterio muchos aspectos de una civilización por demás interesante cuyos arcanos quisieron penetrar con respeto y simpatía. ültimamente, sin embargo, el sabio etnológo Reichell Dolmatoff ha realizado sondeos y exploraciones en regiones aledañas al pueblo de Momil y a la ciénaga de Bentancy, exploraciones que le han permitido recoger y catalogar una gran cantidad y variedad de objetos y fragmentos que, agragados a búsquedas posteriores y previstas, le permitieon presentarnos un bosquejo de la vida y costumbres de los zenúes, así como las depredeaciones incontroladas y vandálicas de los guaqueros o buscadores de oro, quienes han dificultado, por otra parte, las posteriores investigaciones históricas y arquelógicas fundiendo sin discernimiento los finísimos especímenes de la orfebrería zenú, reduciendo a tiestos informes lo que fue valioso déposito de cerámica y alfarería.

No conozco las leyes colombianas relativas a la defensa y conservación del patrimonio artísitico de la nación, pero de existir esas leyes carecen de eficacia, por lo menos en el Sinú, de donde van desapareciendo paulatinamente y subrepticiamente todos aquellos objetos de oro o de barro que tienen algún valor a los ojos de la historia, de la ciencia o del arte, loc cuales caen habitualmente en manos profanas y se ven condenados a una inmediata o próxima destrucción.

Contadísimas han sido las personas más desinteresadas y mejor intencionadas que han tratado de frenar, y eso sin éxito, esa inconsciente labor de vandalismo, esa ruinosa fuga de nuestras riquezas prehistóricas. Tuvo el doctor Gabriel Fonnegra una surtida y bella colección de miniaturas en oro, compradas directamente a los guaqueros y reunida a fuerza de dinero y tenacidad. Desafortunandamente, esa misma colección en la que figuraban verdaderas filigranas dignas de estar en el célebre Museo del Oro del Banco de la República, se han fugado del acervo artístico sinuano por haber sido trsladado por su dueño a la ciudad de Medellín.

Si el gobierno hubiera declarado bienes nacionales a todas las sepulturas antiguas y reservándose el monopolio de su explotación, ¡qué de riquezas no enjoyarían ahora las vitirnas de nuestors museos y cómo sería fácil la labor de los historiadores que se desvelan por hacer penetrar algunos hacecillos de luz en las tinieblas de un pasado hermético y avaro de sus secretos!.

Con el solo instrumento de sus manos labraron los zenúes el oro con un arte y una perfección desconcertantes; lo hilaban, torcían, laminaban y pulían reduciéndolo hasta tomar las formas más extrañas de la fauna regional. Una agrupación humana con tan singukares dotes artísticas no podía tener esos caracteres de bárbara y degradada con los que quisieron presentárnosla los conquistadores que solían rebajar a sus víctimas para justificar y enaltecer victorias que fueron por lo común hecatombes innecesarias e injustificables.

Si maquinaria de ninguna clase para extraer el oro, los jefes zenúes lo mismo que sus hermanos del interior, llegaron a poseer grandes cantidades del codiciado metal. Parte de ese metal venía seguramente de otras comarcas, de Antioquia sobre todo, pero la otra era extraída aquí mismo de las minas de aluvión y de veta.

En uno de los museos de Londres se exhiben muestras de la orfebrería zenú, muestras que fueron envíadas allá por el general Juan José Nieto y por el padre de nuestro gran poeta Pedro Vélez racero. Otras figuran en las ricas colecciones del Museo de Oro del Banco de la República, colecciones que causan la admiración de los muchos que podemos establercer, sin embargo, que si los zenúes eran excelentes orfebres como alfareros no tenían rivales. De las guacas sinuanas se han extraído muchísimos recipientes de barro, moldeados y adornados con um primor no superado y ni siquiera igualado por los continuadores de su arte y en su misma tierra.

Lo más valiosos especímenes de esa alfarería zenú fueron encontrados en las guacas de Flamenco y de Marcayo, pero muy pocos pudieron ser sacados intactos y de ellos, preciso es confesarlo, sólo unos pocos tuvieron la buena suerte de caer en manos que han sabido conservarlos en buen estado.

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ALGUNOS INTERROGANTES

Quedan por despejar varias incógnitas de sumo interés como las siguientes:

a) ¿En sus trabajos de orfebrería empleaban los zenúes el oro de veta o de aluvión? b) ¿Trabajaban el oro puro o lo ligaba con otros metales? c) ¿Fundían el oro o usaban extractos vegetales para ablandarlos? d) ¿Tenía para ellos el oro algún valor comercial o un mero significado simólico?

Es un hecho admitido por la generalidad de los guaqueros que los indios ribereños del Sinú figuraban entre los más pobres de la comarca.

Si algunos de sus caciques tales como los de Medellín Sapo, Jarquiel y Tuminá poseían riquezas de cierta proporción, parace que las habían adquirido en negocios de trueque con las tribus que habitaban los sitios mñas agrestes y retirados del Valle y aún parajes mucho más distantes. El hecho constituye un argumento positivo a favor de la tesis que sostiene que los indios arrancaban directamente el oro de las entrañas de la tierra.

A una legua de Lorica y en el centro de esa herradura formada por pequeñas colinas donde hoy se levanta el pueblo de San Nicolás de Bary, exisitó primitivamente una importantes aglomeración indígena. Al aproximarse ciertas festividades tradicionales en la tribu alejábanse dos de los indios de mayor categiría y reaparecían a los pocos días con todo el oro necesario para las ofrendas rituales. Ese oro procedía, a no dudarlo, de algún filón riquísimo y únicamente conocido de ese par de indios que guardaban el secreto de su ubicación como solo pueden hacerlos los indios.

Ese secreto lo habían recibido como un depósito sagrado que confiarían después a una sola persona de su absoluta confianza. Algunos contemporáneos trataron personalmente con el indio Jupy, dueño de un tambo en la región del río Verde que conocía la ubicación de otra mina de filón. De vez en cuando y con el mayor sigilo se iba solo para la mina, de la cual regresaba a los pocos días con una mochila llena de gruesas pepitas y cáscaras que solía vender en las ferias de Yarumal y de otros pueblos de Antioquia. El indio Jupy adquirió grandes extensiones de tierra, fue amo de muchas cabezas de ganado y se le consideraba como el hombre más rico del Alto Sinú; pero nadie pudo arrancarle una sola palabra de la localización de su mina.

Varios antioqueños que lo intentaron fracasaron del todo en su empeño.

Con relación a la naturaleza de oro trabajado por los zenúes y corroborando la misma tesis hemos recogido una leyenda por demás interesante que transcribimos a continuación.

Parece que los primitivos habitantes del Valle conocían una planta llamda por ellos "tonga" de la cual envió muestras a laboratorios parisinos el ingeniero francés Luis Lacharme Dumont, que vivió en estas regiones allá por la segunda mitad del siglo diez y nueve.

Las virtudes de la "tonga" eran realmente maravillosas; machadas tres o cuatro de las hojitas del cogollo y tomadas en infusión por un mancebo vírgen de acciones deshonesdtas y de contactos impuros, producíanle una especie de sopor muy pronto, seguido de una violenta excitación nerviosa. Impelido por una fuerza extraña, se lanzaba el intoxicado joven por los senderos y vericuetos, montaña adentro, como perro que husmea el rastro. Corría desaforadamente seguido por un par de indios atentos a sus menores movimientos; llegaba a los lugares más abruptos sin arredrarse ni cnasrse hasta que, arrojándose contra el suelo, comenzaba a escarbar con las manos lo mismo que una fiera y en el preciso lugar donde, a buen seguro, hallábase un rico filón del codiciado metal. Una nueva mina estaba descubierta y el enajenado mancebo volvía a su estado natural ingiriendo una fuerte dosis de guarapo de caña que los previsivos detectives llevaban con ellos.

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De las guacas sinuanas se ha extraído oro relativamente puro, y oro ligado, siendo mayor la proporción del segundo, con el expreso encargo de fundirlos y de covertirlos en argollas nupciales y prendas de toda clase. Los plateros consultados por nosotros han tenido en sus manos especímenes de la fauna sinuana aurificados por los orfebres de las tribus y ellos afirman haber encontrado entre ellos tanto figuras de oro casi puro y sumamente d´cutil, así como otras fuertemente ligadas y de u metal muy duro.

Es preciso anotar que el oro aprisionado en los filones más o menos cuarzosos de las rocas se halla naturalmente amalgamado con otros metales, pero sobre todo con la plata y el cobre.

El oro puro tiene color amarillo muy característico, pero amalgamado con la plata tórnase verdoso; ligado con el cobre adquiere un color rojizo y mezclado con el mercurio se vuelve blancuzco; de ahí su clasificación en oro amarillo, verde, rojo y blanco.

Los cloruros y el agua regia, compuesta esta última de ácido clorhídrico con ácido nítrico, disuelven el oro permitiendo la separación de sus componentes.

El oro cosiderado como puro se computa por oro de veinticuatro quilates, pero a medida que disminuye la cantidad de oro y aumenta la del metal inferior, disminuye en la misma proporción el quolataje de la ligación. Tenemos, pues, oro desde veinticuatro hasta nueve quilates. Después de esa mínima proporción de metal noble, pierde la amalgama su naturaleza específica de oro.

Además de un oro naturalmente ligado con otros metales en proporción muy variable encuéntrase en las guacas sinuanas oro amalgamado como producto del ingenio y de la mano del hombre.

Acerca de ese oro artificialmente ligado existen dos opiniones igualmente respetables. Los partidarios de la primera sostienen que los indios no ligaban el oro y que las sepulturas de las cuales se ha extraído oro ligado son posteriores a la conquista, pues fueron los españoles quienes se enregaron al provechoso negocio de cambiar el oro puro de los indígenas por una ligación fuertemente cargada de cobre. De ahí que exista un oro amarillo rojizo en el cual la cantidad de metal ordinario es a veces superior a la del metal fino. De siete castellanos de ese oro impuro sólo pudo extraer tres castellanos de un oro de catorce quilates el insigne platero monteriano don Evaristo López; es más, he podido observar una chaguala de cobre puro proveniente de una guaca del Alto Sinú.

Parece confirmar la expresad opinión el hecho no menos significativo de haberse encontrado en las guacas que contenía oro ligado o en sus cercanías ciertos instrumentos de hierro cuya procedencia hispana es manifiesta, ya que los indios zenúez ignoraban todavía la existencia de ese metal por no haber salido de la edad neolítica.

La segunda versión tampoco carece de verosimilitud. Según la misma, era muy distinto el grado de cultura y de adelanto de las numerosas tribus que poblaban el territorio zenuano y antioqueño, y los orfebres de los más adelantados conocían y practicaban desde entonces el arte de amalgamar el oro con el cobre cambiando después ese oro ligado por el oro puro. Sin embargo, debemos convenir que tal procedimiento constituía para ellos un arte más que un negocio, pues era casi nulo el valor atribuido por los zenúes al metal tan codiciado por sus conquistadores.

Creen algunos que los indios fundía el oro en planchas o lingotes y que lo ablandaban después por medio de extractos vegetales poniéndolo como una blanda cera. Entonces, con la sola ayuda de las manos, guiadas por un indiscutible buen gusto, plasmaban esa materia dúctil haciédole tomar las más variadas formas de la flora y, sobre todo, de la fauna regional.

Podemos anotar de paso que el cronista Fernández de Oviedo afirma haber conocido una planta que los naturales del interior empleaban para la fabricación de sus miniaturas de oro, ya que su jugo servía para ablandar y licuar el oro. Esa versión ha sido rechzada por los técnicos cuya opinión general es la de que los zenúes usaban crisoles para fundir el oro, y construían moldes en donde vaciarlo.

Conicían por lo tanto algunas de las principales aplicaciones industriales del fuego empleándola para la fabricación del gualda metal y para la producción en gran escala de objetos de cerámica y alfarería.

Para la primera operación, que requiere de una temperatura mínima de mil sesenta y tres grados centígtrados, usaban hornazas o crisoles hechos con bastante probabilidad, de piedras calizas tan abundantes en el Alto Sinú y a todo lo largo de Sierra Ciquita, serranía ésta que corre paralela al río. Para la producción del calor tenían hulla, de la que existen yacimientos inexplotados en las estribaciones de las dos serranías que enmarcan nuestro valle; basta decir que los herrero de Tierra Alta alimentan sus fraguas con el carbón de piedra que se encuentra en todo el cauce de la quebrada Juy.

No faltan, sin embargo, quienes se aferran a la primera hipótesis alegando que el examen minucioso de las miniaturas indígenas revela muy a las claras, la impresión de huellas digitales lo cual comprobaría, a su entender, que los indios sí plasmaban el oro con la yema de los dedos después de haberlo ablandado por medios desconocidos de nosotros.

El detalle de las huellas digitales es exacto, pero asu fuerza probatoria es solo aparente y carecen por lo tanto de fundamento las deducciones anotadas. En efecto, dichas impresiones o huellas perfectamente visibles en las creaciones de la orfebrería india, provienen de los mismos moldes hechos a mano y de blanda arcilla los cuales transmiten fielmente la impresiones recibidas a los objetos en ellos vaciados.

Los zenúes, al parecer, usaban el oro como materia de trueque no porque le atribuyeran un valor verdaderamente comercial sino por considerarlo como un augur de felicidad y como un símbolo sagrado cuya posesión era altamente apetecible por todo eso y porque realzaba la dignidad del hombre poniéndole en más íntima comunicación con los dioses tutelares de la tribu. De ahí que todo indio procurase hacer el gran viaje al más allá llevándose a manera de talismán todo el oro adquirido durante su vida. A los ricos modernos no les queda esa pobre y última satisfacción de marcharse con riquezas almacenadas casi siempre a costa de ingentes sacrificios y a veces monstruosas iniquidades.

Apenas advirtieron los indios que el origen de todos sus males así como la causa de todas las vejaciones y atropellos que sufrían por parte de los españoles residían en el oro que poseían, llegaron a profesarle un odio muy comprensible por los humanos y fieros instintos que ese "estiercol de Satanás" lograba despertar en el corazón de sus conquistadores y opresores. De ahí su empeño en ocultar el oro que poseían en la sima de los precipicios, en lo más hondo de las ciénagas y en las entrañas de una tierra siempre buena para ellos. De ahí también su heroico mutismo para no revelar esos sitios que salvaban los viejos tesoros de la raza de la rapiña de los hombres blancos, ni dar el menor indicio que permitiera localizar las fuentes de producción del rey de los metales. Las tribus donde más abundaba fueron las primeras en desecharlo y aborrecerlo al igual de una deidad maléfica portadora de infinitos males.

 
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