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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 

El Principio de Algunas Cosas
José Manuel Vergara Contreras
Grafisinú
Montería, 1989

Contraportada

JOSE MANUEL VERGARA

Nace en Pasatiempo, municipio de Planeta Rica (Córdoba), en 1934. Hace la primaria en su pueblo y el bachillerato en el Instituto Simón Araújo de Sincelejo (1950 - 1955).

Abogado de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá) 1960.

En 1970, siendo Secretario de Educación, inaugura la Casa de la Cultura de Montería en el salón de sesiones de la Asamblea Departamental.

En 1974 es elegido Senador de la República. Reelegido en 1978. El 20 de julio de ese año ocupa la 2ª Vicepresidencia de la Corporación y publica su primer libro de poemas MIS PANTALONES CORTOS. Al año siguiente, DE PIES EN LA TIERRA (poemas). En el 80. POEMAS NUEVOS. En el 81. el ensayo ALEJO DURAN. En el 82, dos libros: CRONICAS DE VIDA Y MUERTE y SOLAMENTE AMOR (poemas). En diciembre de ese mismo año se radica en Cartagena y publica APUNTES ESENCIALES (1984). Y en marzo del 85 se establece en Montería.

Siendo directivo de la Casa de la Cultura de Montería, logra crear a través de la Asamblea Departamental el Premio CASA DE LA CULTURA DE MONTERL4 (1986), ya convocado y fallado en dos ocasiones: en NOVELA (1987) y en POESIA (1988). En diciembre de 1986 es elegido Presidente de la Junta Regional de Cultura y nombrado Gerente de IDECOR. Como tal, firma la Escritura que convierte a Córdoba en socio de Telecaribe.

En 1987 es seleccionado entre los escritores de Córdoba para ser homenajeado en la Primera Feria Internacional del Libro, en Bogotá. En 1988, auspiciado por la Secretaría de Educación. publica POEMAS FINALES. Ese mismo año, la Junta Regional de Cultura que él preside, lanza la Antología POETAS DE CORDOBA. Además, asesora a la Lotería en la Colección de Autores Cordobeses.

EL PRINCIPIO DE ALGUNAS COSAS es su noveno libro.


Relato:

EL GALLO VIEJO DE POLO MARQUEZ

A las diez de la mañana de aquel domingo de resurrección llegó Polo Márquez a la peluquería de su compadre Turiano. Se subió a la silla y observó en silencio el cartel de la pared de enfrente que invitaba a todos los aficionados de Pueblo a la gran concentración gallística

- Compadre - dijo Turiano -. ¿,por qué no vamos a la gallera? Yo sé que a usted te gustan las riñas y, además, tiene excelentes ejemplares. Y en una concentración como ésta, con asistencia de pueblos vecinos, ganaría.

- No, compadre, hasta hace dos años yo tuve los mejores gallos del mundo, pero la maldita peste acabó con mi cría y desde entonces no he vuelto a la gallera. Cada vez que me acuerdo de eso me sobrecoge la tristeza. Es mejor no pensar en esa desgracia

- Perdone usted, no sabía que le hubiera ocurrido semejante tragedia. Con razón no había vuelto a esos lugares Yo voy todos los domingos porque esa es mi pasión - soy un fanático de las riñas ¿Quiere tomarse un traguito? Tengo aquí uno bueno y fuerte como a usted le gusta. Siempre que trabajo me los cuelo para estar en forma cuando llegue la hora

-Bueno. , tomemos unos cuantos mientras que termina.

-El domingo pasado - prosiguió Turiano - vinieron de Corozal y nadie en Pueblo se les enfrentó Me acordé de usted ese día: hubo una época en que a usted tampoco le paraban gallo. Ahora casi no hay buenos. Las cuerdas están descuidadas y los cuerderos dejan mucho qué desear. Uno apuesta porque conoce el dueño del animal. pero resulta que la pelea no llega a fondo, Los aficionados de Pueblo vienen protestando por el mal estado de los gallos y debido a eso personas de aquí ya están apostando en favor de los forasteros. Usted, que hace tanto tiempo que no va a la gallera, ¿por qué no me acompaña hoy? Le aseguro que se distraerá mucho y, más que todo, recordará sus viejos tiempos. Anímese compadre, anímese!

- Sólo conservo un gallo viejo, ciego. encañonado, llamado El Relámpago, que está suelto en el patio y que ha hecho ciento cincuenta peleas, sin perder una.

Al decir esto lo invadió la emoción como una llamarada incontenible.

- Vamos a buscarlo - decidió -, así sea para no pagar la entrada.

Cuando Polo Márquez penetró al recinto aquella tarde, todo el mundo se puso de pie. Hubo aplausos y se oyeron voces que dijeron: "Nadie llegó... la pendejá... Polo Márquez.. el gallero más grande del mundo!"

Aplacada la momentánea perturbación de los asistentes, las riñas siguieron. Pero Polo no apostaba, observaba no más. A las cinco de la tarde, unos señores de Corozal, emocionados, desafiaban a los cuerderos locales para que le pararan gallo a uno chino, dos tres, que ellos tenían. Había un complejo sicológico colectivo y el apabullamiento del dinero y el suspenso y la insistencia. Hasta que a Polo se le subió la sangre a la cabeza Y gritó:

- Señores. mi gallo ciego es del mismo peso que el de ustedes, y se lo echo!

Siguieron varios minutos de silencio y asombro por lo que parecía un adefesio,, una ironía o una burla. Pero Polo volvió a gritar

- Si señores, mi gallo es de ese peso, y si quieren, juego! Recojan el dinero que puedan que yo solo apuesto todo!

Miles de ojos se clavaron en el rostro de Polo Márquez. No salían del asombro por tan disparejo, inesperado y absurdo desafío De inmediato una lluvia de billetes y monedas se desgajó desordenadamente de las gradas e inundó el pequeño circulo de la gallera Pero el objetivo era único : el gallo de los forasteros. Nadie apostaba al gallo viejo, ciego y encañonado de Polo Márquez, pues era difícil imaginar siquiera que pudiera hacerle parada al contender tan bien motilado, tan bien cuidado y tan colorado y tembloroso por el estado mismo de su cuido. Les había llegado la hora del desquite a los perdedores de la tarde. Muchas personas apostaron todo lo que tenían

En menos de diez minutos, alguien anunció que habían recogido cien mil pesos.

- Va todo por mí solo - replicó Polo Márquez.

- Compadre, lléveme algo - le propuso el peluquero.

- Lo hago sólo porque usted es mi compadre, nojoda!

Cuando un cuerdero de Pueblo le pidió el gallo para calzarlo y picarlo, Polo precisó:

Los gallos de Polo Márquez, los calza y los pica Polo Márquez!

En medio de la tensión emocional, del silencio contenido, del secreto regocijo de muchos, soltaron los gallos. Cantó el de los forasteros en el centro del ruedo, y el de Polo se fue acercando a la valla y se cuadró en la dirección del canto. Polo lo seguía con la mirada, con una vehemencia de hipnotizador. Cerraba y abría los ojos con fuerza como tratando de precisar en su memoria los triunfos de otros tiempos en las diferentes galleras de la región. Y tal vez concluiría para sí que un gallo de su cría no podría jamás pisotear su prestigio de gallero de renombre. De pronto abrió los ojos desmesuradamente, los posó en la multitud y con voz premonitoria exclamó:

- El trabajo es que lo pique, porque lo mata!

Y como si le hubiese indicado con la palabra lo que debía hacer en la contienda, el gallo de Polo dio un salto al instante en que se elevaba también el adversario, con tan mala suerte para éste, que el gallo de Polo lo agarró por las plumas del buche y rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! Solamente vino a soltarlo después de media hora de repelo, en medio del escándalo y el histerismo de la gente.

- Regístrenle el buche! - ordenó Polo Márquez desde la valla opuesta con cierto aire de satisfacción.

El cuerdero de los forasteros, apenado y aturdido, entró al ruedo, alzó su gallo muerto y al registrarle el buche le encontró doscientas ochenta puñaladas, todas mortales. Más de cuatro mil personas entre risas, llanto, rabia e histerismo, siguieron al pie de la letra la hazaña de Polo Márquez. En el delirio, como movidos por una fuerza superior, saltaron de todos los costados de la gallera y se dirigieron al sitio donde Polo estaba.

Hubo un momento de confusión inicialmente, pero bien pronto el tumulto se orientó hacia la puerta de salida y cuando empezó el desplazamiento por la calle principal, se veía en lo alto las imágenes un poco borrosas por la sombra de Polo Márquez, del peluquero y el gallo, entre vítores y aplausos, recorriendo la más larga calle de Pueblo, hasta la puerta de su casa, en una distancia de veinte cuadras.

- Que me escupa Dios si esto es mentira !

 
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