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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 

Crónicas de Vida y Muerte
José Manuel Vergara Contreras
Editorial Colombia Nueva
1982

Fragmento:

CRONICA INICIAL

(agosto 5 de 1961)

El primero de julio de 1961, en el ambiente acogedor de un hogar bogotano, un grupo de amigos me ofrecían la despedida. A las cinco de la mañana yo marchaba con destino a Popayán.

Días antes había sido nombrado Juez de Instrucción Criminal y había aceptado. No conocía el lugar de mi destino y eso me entristecía.

Ya en la marcha, la tristeza fue más honda y más aguda. Sólo la ambición de volver pronto me daba fuerzas para continuar. Sabía que la ausencia no sería eterna. Sólo era un paso más de prueba, en una carrera que, como el Derecho, requiere para su aplicación conocer a fondo la complicada conformación social de nuestro pueblo.

Desde la altura divisé perfiles de pueblos desconocidos. Cuando la civilización transporta en su mecánica al hombre es cuando éste puede apreciar la imponencia desconcertante de la naturaleza: valles que semejan la obra estética de un pintor de paisajes; montañas detenidas por su vano intento de alcanzar las estrellas.

Todo era maravilloso pero distinto. Cada minuto que la nave rasgaba el aire me alejaba más de Colombia. La desesperación se apoderó de mí.

Vacilé unos minutos. Y por primera vez, después de la infancia, sentí nostalgia por la tierra y por el ser a quien le dejé el alma. Pensé por un instante que lo que había dejado era más fuerte que aquello que me impulsaba a continuar la marcha. Los párpados me ardían. La cabeza era un manicomio donde cada cual decía en alta voz sus disparates. El ruido de la nave apuntillaba mis oídos. No podía resistir la ausencia.

Más de una vez tuve ganas de regresar, pero algo me impulsaba a proseguir: la nave que se hundía en el espacio sin comprender mi angustia.

Popayán era un retazo de historia detenida: clavada allí como una estampilla. Llegué, me dije.

Estaba terriblemente solo. En el aeropuerto tomé un taxi y me encaminé al "pueblo de los pro-hombres de Colombia". Le dije al conductor que me llevara a un hotel regular. No quise manifestarle que no conocía a nadie. Uno nunca debe decir que no conoce a donde va. Aunque el chofer y los cuatro señores que me acompañaban en el carro tal vez descubrieron mi desconocimiento de Popayán, yo persistía en creer que ya lo conocía, que sólo hacía mucho tiempo que no venía y por eso lo veía diferente. Pero yo sé que ellos no creyeron. Popayán no ha cambiado desde hace mucho tiempo. El chofer nos mostraba la ciudad: éste es el hospital; aquí la Cabaña; allá la Universidad; aquel el parque Antonio José de Caldas, etc. Y yo escuchaba atento. A veces asentía con la cabeza, pero no decía nada. Me punzaba más la soledad. Pero volví a pensar en el motivo. La voluntad vence las dificultades. Eran voces de autoaliento. Alguien tenía que ayudarme y por falta de ese alguien acudió mi conciencia y me ayudó.

Salí por las calles, sin destino. No sin antes haberme fijado en el lugar donde me hospedé para evitar cualquier extravío. El pueblo no es para perderse nadie, pero en cualquier parte se pierde uno cuando no conoce. Preguntaba por el Liceo, por Otto Ricardo. El único a quien conocía. Y, lo esperado. Me tropecé con él accidentalmente, un compañero de bachillerato, un contertulio de Montecarlo. La satisfacción no fue pequeña. Entre charla y charla caminábamos Popayán. Visitamos la estatua del maestro Valencia, mirando hacia el ocaso el paso de los camellos cansados en el desierto. Es un sitio imponente.

Luego seguimos recorriendo, como dos sueños, las delgadas callejuelas payanesas. El clima era tenue y el sol de los venados languidecía en la lejanía. La tarde morada y triste era un responso en la montaña. Era el primer crepúsculo en tierra extraña. Y eran dos. Popayán es el Pueblo de los dos crepúsculos. Su posición geográfica refleja la sorprendente dualidad. Era verano y al continuar la marcha nos encontramos con una estatua de Bolívar, en caballo de campaña, trasijado, flaco, salpicado de barro Y con la cabeza levantada como obligado por el jinete a proseguir la marcha después del cansancio de un combate que acabara de culminar. Es la estatua más diciente que he conocido de Bolívar, por su expresión. Otras estatuas del Libertador nada dicen por cuanto va montado en un bello caballo de paseo, de los que abundan en las ferias. Lo importante es la expresión. Caballos como ése no se ven por las calles de los pueblos, porque no es allí donde se libran las grandes batallas.

A Popayán se le conoce rápidamente. De cualquier parte que uno se encuentre se mira su final. Para sus habitantes es casi una obligación el saludo, hasta para los desconocidos. Esto me agradó: en Popayán los viajeros nunca se sienten solos, siempre hay un saludo para ellos.

Esa noche me acosté temprano. Cualquiera lo hace en un lugar desconocido. El sueño no llegaba. Cuando se piensa demasiado, el sueño no llega. Al fin los seres se esfumaron y pude descansar hasta el amanecer.

 
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