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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 

La Sombra de Ponciano
Edgardo Puche Puche
Cuentos
Montería, 1990

Ponciano dormía plácidamente. Siempre lo había hecho así, pues jamás se preocupó en absoluto de nada. Era el joven sobreprotegido por unos padres que no le dieron nunca la oportunidad de hacer una vida normal; inclusive ahora, que era una persona adulta debía rezar el rosario a las siete de mañana y a las ocho de la noche antes de acostarse. Al desayuno, al almuerzo y la cena, también tenía que orar cuando se sentaba a la mesa, una salve María y agradecimientos al Señor. No podía asolearse, decía su madre, porque se le dañaba la piel.

Todavía lo cuidaba una joven aya. Para salir a la calle, su tiempo era cronometrado, y debía ir acompañado por ésta, y por su "sombra", quien ya se encontraba hastiada con este tipo de vida, que ella también, contra su voluntad debía soportar.

- Tengo que separarme de éste -Dijo Poncio, la sombra de Ponciano-. Desde esta noche voy a empezar la lucha por mi libertad, y así fue. Aquella noche entre sueños, escuchó Ponciano una voz que le decía:

- ¡Rebélate contra tus padres! Haz tu vida!. Debes ir al bar y al cabaret, y gozar. Ponciano se despertó, se volvió para ver quien le hablaba, pero no vio a nadie.

- ¡Carajo! ¿Estaría soñando? ¿No sé? , pero alguien me habló, y parecía mi propia voz.

La existencia de Ponciano había transcurrido sin saber lo que era tomarse unos traguitos, ni bailar; como tampoco gozar de una sana recreación. Su vida continuaba siendo monástica. Si no hubiera sido por unas relaciones sexuales, que la aya le había brindado, aprovechándose del cuidado que todavía tenía que prestarle por órdenes paternales, -porque seguían considerándolo un niño- sólo sería un ente.

***

Una noche toda llena de cómplices negras, y bajo una, no menos tenebrosa y misteriosa tempestad eléctrica, mientras dormía, después que su aya le había hecho el amor, Ponciano volvió a escuchar la voz:

- ¡Esta noche me separo de ti!. Cuando caiga un relámpago e ilumine este cuarto, aprovecharé su energía para cortar las ligaduras que me atan a tu cuerpo, y escaparé.

Ponciano se levantó, miró, no vio a nadie y en esos momentos, hendió la oscuridad de la noche un relámpago que atravesó por la ventana entreabierta de la habitación, y su sombra con la luz del rayo se proyectó en el piso del cuarto. Poncio, aprovechó en este instante la energía del rayo y cortó las ligaduras. ¡Ahora era libre!

Ya en libertad, salió a través de la pared del cuarto, bajó por las escaleras y atravesando la puerta de la calle, inició un recorrido por la ciudad. La tempestad amainó y Poncio cruzando por solares y casas llegó a un Bar...

***

A la mañana siguiente, Ermila, la joven y apuesta aya, subió por la escalera llevando en sus manos un azafate de plata y sobre éste una vajilla del mismo metal colmada de un apetitoso desayuno. Abrió la puerta del cuarto, puso el azafate sobre la mesita de noche y se volvió hacia la cama, donde suponía dormía el niño Ponciano. Al no verlo, pensó que estaba en el baño, y con voz cariñosa lo llamó:

- Niño Ponciano. Aquí está su desayuno!

- Sí. Ya lo sé. ¿Crees que estoy ciego?

Pero esto no lo escuchó Ermila, quien al no recibir respuesta, abrió la puerta del baño y cuando no encontró al niño, corrió a dar aviso a sus padres.

- Subamos que Poncianito ha desaparecido- ¡No está en su habitación!

- No puede ser. ¿Por dónde y con permiso de quién salió? -dijo su madre.

- El no ha podido salir. Anoche después de arrullarlo, yo salí y él se quedó dormido.

Ponciano de pie en el centro del cuarto, escuchaba la conversación y les dijo:

- ¿Cuál es la bulla? No ven que estoy aquí.

Nadie le contestó y Ponciano aprovechó esta coyuntura y salió por la puerta abierta del cuarto, caminó escaleras abajo, y viendo que su madre y aya discutían, abrió la puerta de la calle y respiró tranquilo. ¡Por fin salía sin permiso!

- ¿Por qué me dejaron salir sin permiso? Esas mujeres se están volviendo locas.

***

Recorriendo las calles de la ciudad -sin su aya- Ponciano se encontró con uno de sus contados amigos.

- Por allá viene Alexis. Charlaré con él y le contaré de ésto.

Alexis se aproximaba por la acera, Ponciano se acercó a él y lo saludó:

-¿Qué tal Alexis? ¿Cómo amaneciste?

Alexis siguió caminando y Ponciano a su lado también caminaba y volvió a preguntarle:

- Oye ¿tú estás sordo o te haces el que no me ves?

Terminando de decir esto, Ponciano bajó la vista y observó que únicamente en la tierra se formaba una sola sombra humana, la de Alexis.

- ¿Y mi sombra qué? ¿Dónde está?

Recordó Ponciano las palabras que había escuchado en la noche:

- ¡Esta noche me separo de ti!

- Efectivamente, quien me habló anoche fue mi sombra y ha cumplido su palabra. Se ha separado de mí, y sin mi sombra, yo soy invisible. ¡Sólo las cosas materiales proyectan sombra!

Ponciano de inmediato, se dio a la tarea de localizar a su sombra:

- ¿Dónde se encontrará?

Y recordando las palabras que había escuchado la primera noche:

"¡Haz tu vida! Rebélate contra tus padres, debes ir al Bar. ¡Ya!" Debe estar en el Bar. Iré hasta allí a buscarla.

***

A la misma hora que Ponciano iniciaba la búsqueda de su sombra, ésta, acometida por un fuerte dolor de cabeza y un malestar que nunca había sufrido, caminaba tambaleante por calles y avenidas, hasta que se refugió, acosada por el sueño, bajo la sombra de un frondoso campano, y allí se quedó tendida cuán largo era. Poncio durmió toda la tarde, amparado por la sombra del corpulento campano.

Ponciano por instinto y recordando las palabras, llegó al Bar Candilejas, entró, se acercó a una mesa en que alegremente conversaban dos meseras y escuchó:

- Anoche estuvo aquí y departió conmigo un joven lo más de raro: vestía todo de negro, se sentó en la mesa del rincón. Parecía una sombra.

- ¡Oye! Tú debes estar loca.

- Nada de eso. Bebió aguardiente, y me dijo, entre otras cosas, que se había liberado de su amo, asegurándome que era su primera noche de libertad.

- A ti te pasan unas cosas. Con seguridad estabas borracha, -dijo Cleotilde.

- Yo estaba sobria. Cuando pagó, me dijo que iba a recorrer las calles, comer pizza o perro caliente y amanecer en el Cabaret, -afirmó la Milonga.

***
v Seguro de que haber dado en el clavo, Ponciano se dijo:

- Empecé por un buen camino. No hay la menor duda que era mi sombra. Pasaré por el carrito de los perros y llegaré hasta el Cabaret. ¡Quiero conocerlo!

Caminó rumbo al cabaret. La pista estaba bien definida; pronto encontraría a su sombra y volvería a su estado normal. Pero antes, aprovecharía para conocer a las niñas "de mala conducta como las llama mi madre".

Entró al Cabaret, se dirigió hacia una mesa en que departían alegremente dos muchachas jóvenes y hermosas y un viejo lujurioso. Charlaban de un joven y experto bailarín que anoche había animado la madrugada cabaretera. Cuando terminaba una tanda de música se refugiaba en la penumbra de un rincón y allí, bebía y bebía. ¡Parecía una sombra!

- ¿Bailarín más que yo? -preguntó el viejo.

- Que vas a bailar tú. ¡Ya ni trompo bailas! -dijo la Mary.

- ¿Te gustó ese joven? -le preguntó la Caleña.

- Sí. Pero después de la parranda, se fue sin hacerme el amor. ¡Dijo que no había una sola sombra libre!

- ¿Qué quiso decir con eso? -dijo la Caleña.

- Que no es como yo, que todavía le hago el amor, hasta tres veces a cualquiera de ustedes, -afirmó el viejo.

- Sí, ¿no me digas? ¿con qué? ¿con qué? -dijo riendo la Caleña.

Ponciano tomó una copa de la mesa, la levantó y brindó. Cuando el viejo y las dos mujeres la vieron elevarse sola, la Caleña temblando del susto y casi histérica dijo:

- ¡Pauta! Anoche un joven parecido a una sombra; y ahora una copa se eleva sola, se derrama, el líquido no cae al suelo, y después regresa lentamente a la mesa. ¡Esto no es natural!

Saboreando el trago Ponciano se dijo:

- Con lo que he escuchado, no hay duda que ese joven era mi sombra. ¿Para dónde salió? ¿Dónde estará?

***

Salió Ponciano del Cabaret y deambuló triste por la ciudad, pensando que sólo un milagro lo pondría de nuevo sobre la pista de su sombra, a quien tanto necesitaba.

Llegó al hermoso Bulevar arborizado con frondosos campanos, robles y guaduas en el que, a todo lo largo y a cada lado, se encontraban bancas para que las personas que se iban a recrear se sentaran. Algunas estaban ocupadas por parejas de jóvenes enamorados, otras por viejos que charlaban animados de aquellos tiempos que se fueron y no volvieron y en ellas acomodados, escuchaban el armonioso rumor de las aguas del majestuoso Río Sinú, que corría paralelo al paradisíaco Bulevar.

Ponciano caminaba lento por el centro del paseo, y se sentía feliz, como nunca lo había sido:

- Razón tenía Poncio. ¡Esto es hermoso!

Absorto, viendo tantas personas ir y venir, que se divertían corriendo, charlando, jugando y gozando sanamente, no se percató que delante de él, Poncio caminaba recreándose con el mismo ambiente. Se había levantado después de reposar el tremendo guayabo, y mientras recorría el Bulevar, empezó a filosofar:

- Durante estas pocas horas, he conocido lo que es la falsa recreación del mundanal ruido y ahora, esta forma sana de hacer salud mental. Ambas hay que saberlas aprovechar. ¿Qué será de Ponciano? Me compadezco de él. Ya es de noche, iré hasta la casa para contarle de lo que se está perdiendo por no ser libre.

En aquel momento, Ponciano vio al final del Bulevar a Poncio, que ya cruzaba la avenida y se perdía por entre las casas. Corrió pero no le fue posible alcanzarlo.

- Se me escapó, pero como esta noche amenaza lluvia, lo mejor es ir a dormir a casa.

Cuando inició el recorrido a su residencia, el cielo se nubló y empezaron a caer las primeras gotas que vinieron acompañadas por relámpagos y ecos lejanos de truenos. Todo indicaba que sería una noche como la anterior: Toda misteriosa, tenebrosa, llena de relámpagos y retumbar de truenos, ulular de vientos y cargada de lúgubres nubarrones.

***

Veinticuatro horas después, Ermila subió por las escaleras, entró al cuarto de Ponciano y acercándose al espejo de cuerpo entero que estaba en un rincón, se paró ante él y empezó a desvestirse lenta y sensualmente; primero se quitó el traje y cuando éste cayó, quedó en el espejo la imagen de Ermila sólo cubierta por una pequeña braga transparente que dibujaba un abultado triángulo púbico, y un sostén, que aprisionaba unos hermosos senos grandes y erectos, que saltaron a la libertad cuando Ermila sensual... se lo quitó.

Mirando esta sinfonía sensual, Poncio se llenó de amor por aquella escultural figura. Había permanecido allí oculto en un rincón, admirando ese cuerpo femenino, que en compañía de Ponciano por varias veces había amado, y que ahora, deseaba y no podía poseer.

Mientras tanto, Ermila empezó a tocar sus senos con ritmo sensual, dando inicio a lo que se podía considerar una danza de amor; con sus manos acarició sus erectos pezones; lentamente fue bajándolas por el vientre, sobó sus caderas con deseo, y su mano derecha fue hasta aquel hermoso y voluminoso sexo, el que se acarició, haciéndolo casi explotar de placer.

- ¡Oh...! ¡oh! Niño Ponciano ¿dónde estás? Cómo deseo tus caricias.

Ponciano llegó a la casa, subió a su cuarto, vio ensimismado a su sombra, que no quitaba la vista de encima de aquel cuerpo femenino, al que también Ponciano, ya estaba deseando, pero ahora, más le interesaba conquistar a Poncio que a Ermila.

Ermila se acostó jadeante de amor, y poco a poco fue cayendo en un sueño liviano.

Poncio salió del rincón y saludó a Ponciano:

- ¡Hola! ¿no sabes lo que te has perdido?

- No me perdí nada. He seguido tus pasos.

- Sabes Ponciano, en estas veinticuatro horas, he deseado hacer el amor, pero solo, me ha sido imposible.

- Entonces, ¿por qué no te unes a mí? Sin ti no puedo existir.

- La única forma de regresar a ser parte de ti, aunque me pese, es que me prometas, me jures que desde hoy dejarás de ser un hombre sobreprotegido. -Le sentenció Poncio.

- Te lo prometo. ¡Lo juro! -dijo Ponciano con certeza. -Ven nos necesitamos mutuamente.

En aquel momento un rayo pasó a través del cristal de la ventana y Poncio, confiado en la palabra de Ponciano entró al cuerpo que la noche anterior había abandonado. Haría el amor a Ermila; porque él solo, tampoco podía existir.

Dos segundos después, se escuchó el retumbar del trueno, y Ermila despertó; y pudo ver de pie, frente a ella a Ponciano. Se levantó y corrió para abrazarle, y así, contra él ceñida le dijo:

- ¿Por dónde has estado niño Poncianito?

- Dime Ponciano. ¡Yo soy un hombre!

- Eso yo lo sé desde hace años. No tienes que decírmelo.

Y Ponciano mientras llevaba a Ermila hacia la cama le dijo:

- ¡Desde hoy seré lo que yo quiera ser, y no lo que mis padres quieren que yo sea!

 
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