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Figura zoomorfa en oro de la cultura Zenú
Secretaría de Cultura de Córdoba - Colombia - Sur América

 
 
David Sánchez Juliao


La Costa en Siete Suspiros
[Publicado en El Universal de Cartagena de Indias - Colombia]

Resignación

Estacionada en la rada de Cartagena de Indias, hay una vieja lancha de madera que se llama Resignación, y que parece abandonada. Pero no lo está, pues la habita un viejo marinero negro que afirma haber sido contratado para cuidarla desde hace treinta y seis meses. El dueño de la embarcación nunca volvió, de modo que el viejo marinero jamás ha recibido el salario que le fue prometido.

"La gente me aconseja que me vaya - dice, sentado en la proa de la lancha - pero, ¿cómo?. Si me voy y ven la lancha sola, se la roban: y así yo iría a la cárcel por irresponsable y por haber abandonado el trabajo. Lo del salario... ¡Ni me preocupa!".

.[Cartagena, 1995]

Descalificación

Alejandro Durán fue un hombre honesto. Como persona y como músico. Fue aclamado Rey de la primera versión del festival nacional de música vallenata y jamás volvió a participar, aunque sabía que sería elegido Rey cuantas veces se presentara. Fue fiel a muchas cosas. A su origen campesino, a su música simple y transparente como el agua, y a sus letras elementales. Una vez llegó a afirmar: "No me molesta que los demás evolucionen. Lo malo sería que evolucionara yo". La noche que expuso su voz y su toque ante el jurado y el público congregados en la plaza de Valledupar, se equivocó en la marcación de un bajo sobre el teclado del acordeón. Entonces, suspendió la interpretación en forma abrupta y dijo al micrófono: "Pueblo: me acabo de descalificar". El pueblo no aceptó, pues desde antes de verlo subir a la tarima ya lo había elegido Rey.

]Valledupar, 1978]

Las sorpresas del tiempo

Las sorpresas del tiempo. Así se titula uno de los libros del ensayista barranquillero José Consuegra Higgins. En esa obra, José habla de sus viajes y de las sorpresas que el tiempo y la geografía le han prodigado. Durante una de sus tantas visitas a Grecia - cuenta José - entró con unos amigos a aquella sesión de sabios en la Academia de Atenas. No tardó - así es él - en trabar conversación con los académicos. Luego de hablar por algunos minutos sobre La República y los Diálogos de Platón, un anciano académico manifestó: "Es usted un erudito", a lo que Consuegra Higgins replicó: "Erudito, no. Soy subdesarrollado. Porque una de las características del subdesarrollo, con su elocuente arista de la dependencia intelectual, es saber más de lo ajeno que de lo propio". El anciano académico sonrió.

[Atenas, 1987]

El conde ruso

Corría 1974 cuando escuché a Ramón Illán Bacca contar la historia en Barranquilla. Decía que en la época de esplendor bananero en la zona de Santa Marta, los ricos cultivadores enviaban a sus hijos a la escuela de Bélgica. Aquello sucedió con dos de sus tías hacia el segundo cuarto de siglo. A través de las compañeras de colegio en Bruselas, las jóvenes tías de Ramón se enteraron de que el portero del restaurante donde acostumbraban cenar, era un conde ruso en el exilio, educado en las grandes escuelas de Londres y viejo compañero de juego del Zar. La tías de Ramón vieron en aquella, única oportunidad de rozarse con la nobleza europea, de modo que ganaron el saludo del condeportero con dulces sonrisas y buenas propinas.

Tanto efecto surtió la estrategia de aproximación, que muy pronto el desdichado noble llegó a saber en donde quedaba Colombia, de qué vivía la familia y cómo se llamaban las muchachas. Hasta que un día, ya amigos, las tías de Ramón le preguntaron a qué hora concluía su trabajo, pues querían invitarlo a cenar en cualquier otro lugar. El conde respondió que a las once, pero que no podía acompañarlas, pues un noble en su vida privada jamás se sentaba a la mesa con plebeyas.

Cuando regresé a Barranquilla en 1975, conté a Ramón que había estado en Bruselas a la caza del restaurante en la zona de Egelantierenlaan. Seguí las indicaciones que él me había dado (seguramente conseguidas de sus ancianas tías) pero no tuve suerte. La zona era ya enteramente residencial, y nadie pudo dar razón de hoteles o restaurantes. Ramón, entonces, se quedó mirándome a los ojos y dijo sin convicción: "¿Será que esas cosas ya no pasan?";.

[Bruselas, 1976]

Canción de la buena gente

Entre la población de Ciénaga y la ciudad de Santa Marta se ve mucha gente que, a la orilla del camino, hace señas a los automovilistas pidiendo ser recogidos. Casi nadie se atreve a detener el vehículo, y mucho menos a transportar extraños. Antes, la gente lo hacía. Pero esta costumbre ha desaparecido. Colombia se ha vuelto un pais en donde se teme aún a los conocidos.

Un día Nancy y yo recorríamos esa ruta. Era febrero, época de precarnaval. Al tomar la ruta que da nacimiento a la ye que abre hacia Valledupar y El Rodadero, divisé una comparsa de músicos y bailadoras que, con señas de manos, pedían ser recogidos. Era casi de noche. Sin embargo, el rojo encendido de los vestidos de cumbia aún centelleaban en la luzsombra del crepúsculo y el fulgor de los tambores luchaba por relucir en la ya casi diluyente penumbra.

Detuve el vehículo en seco. Hundí el pedal del freno con tal esfuerzo que las llantas chirriaron sobre el pavimento de la ardiente estación de sequía.

-¿Qué haces? - preguntó Nancy asustada. - Puede ser peligroso. No sabemos de que se trata.

Guardé silencio. Proseguí con la acción de dar transporte a la comparsa, pues al verlos a la orilla de la carretera recordé la frase que, de niño, leía en el cuadro que colgaba en un rincón del cuarto de música de mi tío Eugenio, y que decía: "Siéntate tranquilo allí donde se canta, pues la mala gente nunca tiene canciones".

[Barranquilla, 1989]

La casa

Gabriel Chadid construyó con las suyas y las manos de sus albañiles amigos, una casita en el campo. Gabriel sostiene que la casa debe ser para el hombre como una camisa: que le caiga bien, que le vaya al cuerpo, en la que se pueda mover con comodidad.

-Cuando voy a la ciudad en mi motocicleta - dice Gabriel - me quito la casa y ahí la dejo, colgada de un clavo en el rincón de la alcoba, esperándome. Por la tarde, cuando regreso, me la pongo... y vuelvo a sentirme a gusto.

Gabriel sonríe y agrega:

-Por eso procuro no engordar. Para poder seguir poniéndome la casa, sin que me apriete.

[Sincelejo, 1988]

El mal alcalde

Manuel González Angulo se hizo elegir alcalde de San Juan Nepomuceno, su pequeño pueblo natal. Nunca antes participó en política, pero fue un burgomaestre que hizo maravillas. Una de ellas, fue la de construir el acueducto para un pueblo que no conocía agua potable.

Un día, en las elecciones siguientes, cierto líder de oposición dijo en un discurso que Manuel González Angulo había hecho enorme daño a la identidad cultural de San Juan (así dijo)... pues el acueducto construido por él había acabado con el colorido espectáculo de las mujeres que, con una múcura de barro en la cabeza, llevaban agua del arroyo hasta los baños de la gente prestante del pueblo.

[San Juan, 1990]
 
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